Fiesta de la Chacra: representación sobre cómo era la vida en nuestra campaña
El rancho de barro, la cocina a leña, el fogón, el piso de tierra, los hornos; en la fiesta se recrean diferentes construcciones y oficios de nuestra campaña del 1920 aproximadamente en adelante. Hay casas, galpones, escuelas, almacenes, iglesia, el rancho de la modista y el de la curandera.
La Fiesta de la Chacra se celebró, en su novena edición, el 31 de octubre y 1 de noviembre del 2026 , en el Centro Educativo Rural de San Jacinto, Canelones, Uruguay. Es un evento al aire libre, un museo a cielo abierto, que recuerda y valoriza nuestras tradiciones rurales. Hubo tres escenarios con diferentes espectáculos, una amplia gastronomía de la época y una hermosa feria de emprendedores.
“Acá nosotros tenemos un rancho, recreación de cómo se vivía antes. Muchos de éstos ya cayeron o son taperas, y el paisaje de las chacras va cambiando”, dijo Laura; mientras Cecilia mencionaba “nosotros hoy estamos presentando el rancho de la Modista, de la Costurera de la zona en la época del 1920”.
La casa de la modista de campaña era un lugar donde iban las mujeres del pago a hacerse prendas, y además, un sitio muy importante por su función social, porque se encontraban y se contaban sus cosas, un intercambio.
“Pasaba que creaban ropas y después la vida se iba encargando de llenarlas de recuerdos, de darle emociones, por eso allí vas a ver un espacio que titulamos ´las prendas de la vida´ porque la modista podía estar confeccionando un vestido de novia que es la ilusión más grande para una mujer, como ropa para un bautismo, una comunión, o para un luto que es algo muy triste. En esa casa se podían juntar todas esas emociones y la modista con su ingenio iba creando las vestimentas.” También pasaba que con los tapados o sacos de los mayores se iban haciendo ropas para los más chiquitos.
Y recorriendo la Fiesta me encontré con el rancho de la Curandera, donde había todo tipo de hierbas: guaco, malva, anacahuita, ortiga, lavanda, carqueja, melisa, marcela, caléndula, albahaca y tomillo, “que por más que algunas sean comestibles, también son medicinales”.
Allí, Graciela me explicó que las curanderas “tenían su espacio, sus cosas, sus yuyitos para santiguar o darle a alguien, eran como un médico. Cualquiera podía ser curandero, pero debía tener la afición de hacerlo, porque debía aprender los rezados y el para qué sirve cada hierba”. Muchas veces, los conocimientos se iban traspasando de una generación a otra. “Una abuela a un hijo, o un nieto, de repente la persona tenía 20 nietos y uno sólo lo hacía, tenía que querer hacerlo.”
La idea es que esa sabiduría no quede en el olvido a medida que progresa otro tipo de agricultura. Que este espacio permanezca, que sea una memoria, que se reúna en él todo lo importante, a nivel de construcción física pero también de vestimenta y cultura. Se está realizando un registro de recetas originarias de la época y revalorizando el lenguaje. Algunas palabras que nos decían que estaban “mal”, que nos daba vergüenza pronunciarlas, en realidad encierran un gran valor cultural, como por ejemplo: “me voy pa` las casas”.
